Los poetas sueñan, desde el fondo de su sangre, una sociedad poética colmada de Eros y libertad; y el cronopio es el ciudadano de una sociedad de ese talante, es una clase social o estado del espíritu que permite hacer de la poesía una conciencia real dentro de un espacio y tiempo determinados. El cronopio es la oportunidad que se da el hombre para hacer de su sociedad una obra de arte, un poema genial, conciencia de la necesidad de ser poetas como colectividad y como humanidad.
Para otros lectores de Cortázar, los cronopios son simplemente: niños. Esta interpretación no es descabellada en tanto la relación fama-cronopio es una relación lineal, vertical, en la que los cronopios juegan a tatuar el agua, a devorarse el mundo como si fuera una galleta, mientras los famas están ocupados en el Gran Asunto, adheridos a la Gran Costumbre, explicando lo inexplicable, comprando el diario para tragárselo en ayunas, coqueteándole a las esperanzas con nudos de corbata que los ahorcan, aglutinados en conciertos de piano que quiere romperse, felices porque tienen un reloj-pulsera al que se condenaron a darle cuerda… mientras tanto, los cronopios están vendiendo trocitos de agua de colores, adornando monumentos con trozos de mangueras amarillas; siguiendo con la vista una baba del diablo; buscando la llave de la puerta en la mesa, en el cuarto, en la casa, en la calle, hasta quedarse por fuera y saberse sin llave para abrir la puerta; recetando para los males del cuerpo un ramo de rosas; odiando a sus padres.
En medio de tregua y catala, los cronopios asumen el mundo como algo que necesariamente debe ser roto por una pelota, o por un beso. Así, hay una relación directa entre ser niño, ser poeta y ser cronopio: la ensoñación total de los instantes enredados en los juegos. En el fondo, ser poeta es pasársela jugando con el lenguaje, arrancándole los brazos, estrellándolo contra las paredes, limpiándolo con la panza después de estropearlo en los charcos de la calle. En el fondo, también, ser revolucionario (léase cronopio), significa beberse en ayunas el mundo y quejarse todo el día por el dolor de estómago; adherirse a la piedra para esperar que le nazcan alas para que, en vuelo, podamos lanzarle mariposas. Y ser niño es simplemente andar boquiabierto descubriendo el mundo con las uñas, odiando lo negro y lo blanco, amando el marrón de las eras imaginarias, construyendo la historia a cuenta de cantos y raspones en las rodillas… Invención de una ciudad de hombres y mujeres limpios de sombra y aptos para el amor verdadero…
De esta forma, sólo un cronopio, o alguien con alma de cronopio, a saber, un poeta, “un gigante con cara de niño”, podía imaginarse la existencia de seres delirantes como los cronopios. Y ese alguien que anda por ahí, es Julio Cortázar.
